Tiburón.León. Lasaña.
A orillas de un mar helado, hay una persona a unos cien metros de mí, también de pie frente al agua.
Pero no estamos juntas.
Vamos a hacer una prueba. Debemos zambullirnos en el mar helado y, con los ojos cerrados, nadar en línea recta hacia lo profundo sin detenernos.
No sé cuántas personas más hay a lo largo de la orilla, a punto de hacer lo mismo.
Todos estamos solos.
El mar tiene un color verde amarronado oscuro y no está particularmente encrespado. De hecho, está casi plano.
Sin movimiento, el agua parece más sólida.
El día es gris.
Me zambullo y empiezo a nadar. No llego muy lejos hasta que decido abrir los ojos.
El frío no es el problema; soy inmune al frío, mi cuerpo está preparado.
El problema es que, en lo más profundo del océano, está lleno de tiburones.
Y no quiero ser devorada por tiburones.
Salgo del mar.
Estoy en un camino ascendente de una pendiente rocosa no muy alta.
¿Esto es un zoológico?
El camino es de tierra.
Al llegar a una curva me encuentro de frente con un león.
Parece amistoso y curioso; se acerca. Pero no confío.
Retrocedo sigilosamente. Sé que, si el león se abalanza sobre mí, estoy perdida.
El león se acerca cada vez más; ahora sí puedo ver claramente su intención de atacar.
Entonces salto de la colina. Logro huir.
Ahora estoy en una cocina. Ya preparé y comí la cena.
Le ofrezco las sobras a mi compañera de casa, que no tiene para comer.
Es una chica en sus veintitantos, mucho más joven que yo.
Con las sobras de mi cena logro confeccionar una especie de lasaña, una torre de sobras intercaladas.
Ahora, frente a mí, hay una mesa larga de comensales.
Mi hermano está ahí.
Sin que nadie se lo pidiera, agarra la lasaña y, al intentar servirla, la rompe en pedazos.
Me acerco, le quito la lasaña de las manos y la vuelvo a armar.
Deja un comentario